FELIZ DIA DEL LIBRO
Vivía en un lugar lejano, del que nadie se acordaba y al que él desearía no haber llegado jamás. Intentaba salir de allí; pero estaba atrapado por el pasado.
-. Tenías que haber estado tú para comprender lo que suponía levantarse cada mañana.-, y aún no se de dónde sacaba las fuerzas.
Cada día salía a pasear, el paisaje era bonito, tal vez no el más bonito que existía, pero sí para él. No importaba que hiciera frío o calor, que nevase o lloviese, o sí, porque cuando todo el paisaje estaba blanco no había huellas del pasado y cuando llovía el grisáceo del cielo le recordaba un futuro oscuro en una tierra olvidada.
Las casas se iban cerrando con el paso del tiempo y el rojo de sus tejados se tornaba en un anaranjado del olvido.
Sentado en la muralla sur, recordaba momentos felices de su infancia mientras tiraba piedrecillas a ninguna parte y pensaba lo fácil que le había resultado anteriormente correr y saltar de piedra en piedra, escalando una y mil veces la misma muralla dónde ahora se encontraba, en una soledad placentera y amarga.
Cuantas veces había pensado en esto, sin atreverse a dar el paso, quizá un grito en el silencio bastaría para ahuyentar su angustia, pero, ¿para qué romper el silencio, si no para mejorarlo?. En todo este tiempo había aprendido a escuchar al viento. Aquel día, soplaba con intensidad y hacía tambalearse el sauce llorón que tenía a su izquierda, aquel al que tantas veces había acompañado en su llanto; ¿podría acompañarle siempre?.
Levantó su cuerpo, que pesaba más que nunca, había algo amargo en su lento caminar, pero estaba decidido y cuando aquel pueblo olvidado despertó a la mañana, las estrellas se ocultaban tristes, el sol no tenía brillo, las nubes lloraban viejas, cansadas y aquel sauce centenario mecía entre sus ramas un cuerpo frágil y sereno que acompañaría la soledad del pueblo en el decrépito pasar de los años.


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